En su nuevo libro, Falso testimonio (Nebliplateada, 2025), el poeta platense Horacio Fiebelkorn hace una intervención personal del clásico de Alan Resnais.
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Vi Hiroshima, mon amour por primera vez cuando estudiaba cine en la FUC. La vi entre tantas otras películas que eran parte del cronograma y tenía que ver por obligación, al igual que muchísimos textos que leía por la misma razón. A veces, me encontraba con cosas que me deslumbraban y encantaban; otras, lo contrario, pasaban como si nada, sabía que eran parte de la historia pero por alguna razón no terminaba de conectar.
Ya no recuerdo para qué materia fue que vi la película, pero lo que sí recuerdo, y vívidamente, fue que me sorprendió. Descolocó, es una palabra más justa. No encontraba forma de expresar lo que sentía al verla, nada le hacía justicia. Me obsesioné con el guion, que por momentos parecía más un poema que otra cosa. Comencé a investigar. Ya sabía que me gustaba la escritura —estaba anotada en Guion cinematográfico— pero la experiencia de Hiroshima, mon amour exacerbó y potenció eso que sentía. Descubrí que el guion había sido escrito por Marguerite Duras que, en principio, sintió terror de escribir sobre un tema tan inmenso como Hiroshima, de resurgirlo de entre las cenizas para narrar algo. ¿Cómo hacerlo?, ¿desde qué perspectiva y mostrando qué parte de todo el horror? Lo que intentaron hacer, ella y Alain Resnais, fue contar Hiroshima a través de un relato de amor: que ese lugar histórico y tan cargado de significado fuera el territorio y punto exacto donde coinciden las historias de dos personas diametralmente distintas, con experiencias de guerra opuestas.
¿Qué fue lo que me hizo sentir así de Hiroshima, mon amour? La voz de Emmanuelle Riva que hipnotiza, quizás, narrando en pequeños poemas esa historia de amor trágica y destinada a concluir fatalmente. Miraba la película y no quería que terminara, tenía piel de gallina, lloraba. Leí infinidad de textos, artículos, entrevistas y ensayos que hablaban sobre ella, se repetían ciertos elementos que ya identificaba: recuerdo, dolor, memoria, cenizas, amor, pero era como si ninguna de esas palabras lograra transmitir aquello que sentí cuando la vi por primera vez.

Descubrí que sólo cuando escribía poesía o el borrador de un guion experimental que tenía en mente era cuando más me acercaba a la sensación que evoca Hiroshima, mon amour. Hay algo del orden de lo poético, de la sensorialidad, que toca alguna fibra de lo que logran evocar Resnais y Duras en la película, pero nunca puede aprehenderlo por completo.
Por eso cuando me enteré que se había publicado un libro de poemas que habían sido escritos a partir de los subtítulos de Hiroshima, mon amour no podía creerlo. El germen de Falso testimonio (Nebliplateada, 2025), de Horacio Fiebelkorn, nació de una anécdota singular: durante la pandemia, el autor se había descargado la película y comenzó a leer los subtítulos. A medida que avanzaba, empezó a intervenirlos, hasta que éstos se volvieron autónomos y convirtieron en los poemas que se leen hoy en el libro. Sensibles, breves, sutiles. La primer parte del libro es una conversación entre dos amantes o, quizás, como sugiere la contratapa, con la Muerte. No importa tanto a quién exactamente se le habla, sino lo que se dice, y la forma en que se lo hace. “Dónde estamos?/No sé. En ninguna parte.” Hay algo etéreo en estos poemas, que por momentos les da un tinte onírico, al igual que la película, como si estuviesen cubiertos por una leve niebla que, sin embargo, hace brillar a todo aún más.
En los poemas encuentro los ecos de Hiroshima, mon amour, casi que puedo escuchar la voz de Emmanuelle Riva recitándolos, veo sus labios moverse y su memoria funcionar mientras viaja en el tiempo recordando y nos lleva con ella. “Quien tiene memoria/conoce el olvido, dijo/alguien cuyo nombre/acabo de olvidar./Tu memoria es inconsolable?/Sombras y piedras/en tu bella memoria?”. La memoria es un tema central, tanto en el libro como en la película, y sus mecanismos, como bien sabemos, son un misterio: no terminamos de comprender completamente la forma en que funciona. ¿Por qué olvidamos algunos recuerdos importantes y otros, quizás de menor importancia, encuentran un hueco en ella para perdurar? Pareciera un mecanismo caprichoso y, justamente por eso, fascinante. Me gusta pensar la forma en que se articulan ambas obras y dialogan entre sí: hay algo del tiempo espiralado en los poemas de Falso testimonio y en Hiroshima, mon amour que me recuerda a los cristales de tiempo de los que hablaba Deleuze, esas líneas temporales que contienen a todos los tiempos posibles dentro de sí, en simultáneo. “Estabas allá, o estabas aquí/cuando empezó todo./Cuando comenzó/cada cosa que empezaba./No hay memoria/de las cosas primeras/ni tampoco/de las que vendrán.” Estos versos parecieran contener pasado, presente y futuro dentro de sí; hay una coexistencia de los tiempos que sólo es posible en el terreno del recuerdo, la memoria, la imaginación.

Ahora quisiera detenerme por un momento en la idea de testimoniar un hecho. El yo poético de estos poemas se dice testigo, testigo de los horrores que lo rodean, de la pérdida, el dolor, también de un amor. Al igual que sucede en la película, donde se testimonió algo —Hiroshima, la guerra— que luego se intenta abordar desde distintas perspectivas pero siempre termina siendo escurridizo, en algún punto inaprensible también. Sin embargo, en el libro hay una doble clave de lectura si se piensa en lo falso: “Mentira, lo vi, todo,/lo he visto. No quedó/cosa sin ser vista./Demasiado vi, demasiado he visto.” Y unas páginas más adelante: “Pero estás seguro/de que has visto algo?/Me parece que no, no has visto nada.” Hay un gesto propio de la memoria en ese decir y desdecir, en ese ir y venir, en ese creer que se lo vio todo, que todo se lo puede poner en palabras y expresar. En un momento de Hiroshima, mon amour, él le dice a ella, “Cuando hablas, me pregunto si mientes o si dices la verdad”, a lo que responde, “Miento. Y digo la verdad. Pero no tengo razones para mentirte…” En el libro aparece una versión distinta de esa misma frase, “Pues yo creo que/cuando mentís/me decís la verdad.” Tal vez por eso sea tan acertado el título de Falso testimonio: como si hubiese algo en el intento de reconstruir un recuerdo o una experiencia vivida que siempre termina siendo falso; de una forma u otra, se inventa, se miente, alejándose así del terreno de lo puramente real para adentrarse en zonas más interesantes y ricas de la experiencia humana.
Por la misma razón es que se encuentra cierto tono existencialista en el libro, al igual que en la película, porque siempre que se intenta rodear y revivir un hecho pasado aparece algo del orden de la reflexión, un imaginario compartido, la nostalgia también. Y en ese relatar una experiencia vivida, surge el absurdo, la convivencia de los tiempos en un mismo momento, el desconocimiento también: “Cuando mi cara cae al piso/y se desparrama en las baldosas/te escucho hablar y todo mi cuerpo/se rehace y levanta con tu aliento.” Es como si el haber sido testigo de algo trajera consigo un saber casi esotérico, premonitorio. No es posible volver igual de cómo se fue, y estos poemas parecen retratar a la perfección ese sentimiento: por un lado, saber que se vivió algo y recordarlo con detalle minucioso; y, por el otro, una despersonalización, acaso como si lo vivido fuera solo un fragmento de la imaginación.