Se cumplen cinco décadas del debut de la artista estadounidense, un disco de rock que es la “evolución orgánica” –como diría ella misma– de un recital de poesía.
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El disco debut de Patti Smith tenía que salir un lunes 20 de octubre. Esa era la fecha que ella había pedido, en homenaje al día de nacimiento del poeta Rimbaud. Acabó demorándose tres semanas: la crisis del petróleo había atrasado la producción de vinilos. Salió el lunes 10 de noviembre de 1975. De modo que en estos días se cumplen 50 años de esa maravilla extraña de Horses: un disco de rock que es la “evolución orgánica” –como diría ella misma– de un recital de poesía. Por azares o destino, acabó saliendo en la fecha de muerte de Rimbaud.
Y aunque hoy todos lo tomamos como un debut, entonces Horses no era, ni para Patti ni para quienes la conocían, una cosa súper distinta de lo que ella venía haciendo en público. Tenía algo de ‘voy a cantar mis poemas con una banda, ya que insisten’ –desde el ’72 había recibido propuestas de grabar. Era una incursión musical, para después volver a la escritura y, por un tiempo, a su trabajo como librera. Y aunque hoy todos sabemos que fue el primero de varios discos y de largas giras y conciertos, venía precedido por años de recitales en sentido estricto (no como decimos en Argentina) en donde Patti leía y performaba sus poemas, a veces cantando trechos y acompañándose de una guitarra. Esos poemas, algunos escritos hacía poco, otros a su llegada a Nueva York, son los que canta en el disco.
Poemas devenidos letras: Horses no es, ¿cómo podría?, la irrupción de la poesía en el rock. Fraseos más complejos, planteos menos usuales, letras que huyen del sentido común. Entre muchos otros, y cerca de ella, que lo admiraba, estaba Jimi Hendrix con su imaginería verbal y su sintaxis rota. Muy cerca de ella estaba Velvet Underground –John Cale es el productor de Horses– con sus experimentos de base de rock + recitado. Lejos de ella, pero muy cerca de nosotros, estaba Spinetta con Artaud. Y cerca otra vez, pese a que Patti lo recuerda con picardía, estaba Jim Morrison: “Jim era un poeta, aunque después para las canciones terminara escribiendo ‘Hello, I love you, let me jump in your game’”. Lo que tiene Horses a diferencia de sus antecesores es un apuntalamiento íntegro sobre la base de un cuerpo de poemas previos, que se la bancaban como tales, y que en el disco, cantados, guían y marcan el rumbo de una nueva composición, punteando los giros, muchos, de las melodías, los redobles de la batería potentísima, los devaneos de la guitarra de tres notas. No hay songwriting sino trasvasije y transformación de, como le gusta decir a ella, un “poder de la palabra” que estaba, que ya se había tensado y cortado el aire en otras condiciones, desde otros escenarios, y que ahora se ejerce con más fuerza y desenvoltura. Con una fuerza y un atrevimiento –compositivos, performativos– más tarde asociados al punk, aunque era otra cosa.

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En su autobiografía Just kids (Éramos unos niños), Patti narra esa escena fundante para muchos artistas que ocurre el día en que el pueblo, la casa y la familia quedan atrás. Cuenta entonces que, a sus veinte años, antes de subirse al ómnibus que la llevaría a Nueva York, la madre le regaló su viejo uniforme y los zapatos blancos y le dijo: “Tomá, llevalos, aunque nunca vas a llegar a mucho como mesera”. El tema es qué quiso decir la madre: ¿acaso esa mujer, testigo de Jehová que había sido moza de joven, estaba diciéndole a su hija que no servía para nada, que nunca llegaría a nada? ¿O sólo que no daba con el perfil, con la condición de mesera, pero que podía andar bien en otros oficios, quizás de jean y zapatillas? Para mí ahí está todo, y me inclino por lo segundo. La madre de Patti no había leído El ser y la nada, ni precisaba leerlo. Ella podía avalar el famoso tramo donde Sartre desarrolla la noción de mala fe con el ejemplo del camarero:
“Acude hacia los clientes con un paso demasiado ligero. Se inclina demasiado hacia adelante; su voz, sus ojos expresan un excesivo interés por el pedido del cliente. Finalmente regresa tratando de imitar en su caminar la rigidez inflexible de una especie de autómata (…). Toda esta conducta parece un juego, pero, ¿a qué está jugando? No hace falta observar mucho para aventurar una explicación. Está jugando a ser el camarero de una cafetería”.
La madre de Patti conocía mejor que Sartre ese juego de anulación de la propia libertad. Y en su hija vería lo opuesto: una chica que se movía sin diligencia, que no se inclinaba ante nadie, no fingía interés, no perseguía el equilibrio ni la eficacia, y lo más patente: no se sabía a qué jugaba (eso si pensamos que jugaba). Era obvio que para ciertos trabajos no podía andar. Madre e hija se despedían con amor, con despecho, con sorna y con categoría. Con ellas, religiosas las dos, se abrían dos fes antagónicas, dos respuestas de clase (trabajadora) que no pueden darse juntas: meseridad o punkitud. Una, no siempre presente en los meseros, por suerte; la otra, no siempre presente en los punks, vaya a saberse por qué.

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El lema “no hay futuro” sugiere que el punk carece de fe. Pero a la vez tiene un credo artístico, “cualquiera puede hacerlo”: o sea que el punk es una fe. Una fe en los individuos, no en las instituciones. Una fe laica y sin altares, que sale al mundo con los Pistols gritando “Soy un anticristo” –Patti, en cambio, abre Horses con el enunciado de una católica crítica: “Jesús murió por los pecados de otro, no los míos”. La del punk sería también, volviendo a Sartre, una buena fe: una actitud que rasga la careta, rompiendo el pacto social que nos obliga al autoengaño, a perpetuarnos en ser lo que no somos. Aunque quién sabe el punk no nació ya con una mala fe latente, provista de su propio uniforme de camarero (prolijamente roto). De ser así, ahí tenemos la primera diferencia de Patti con su época o con el movimiento al que, mal que bien, siempre se la asocia.
Lejos de cualquier fantasía de anticristo, Éramos unos niños muestra una vida atiborrada de altares, amuletos, mandamientos, culpas. ¿Cómo es posible tanta “trampa”, tanta idolatría de autoengaño y a la vez, cómo poner en duda la libertad de Patti artista? La vemos despedirse de su madre y salir para la terminal de ómnibus apretando fuerte su rosario. La vemos llegar a Nueva York aferrando, por las dudas, su otro ídolo: las Iluminaciones de Rimbaud. Tiene al Dios Padre y con el poeta tiene al Espíritu Santo; sólo falta Jesús. La vemos dormir en la calle, temerosa de que un psicópata culto a lo Charles Manson la asesine, y un día, luego de ser acosada por un cualquiera en un parque, la vemos agarrarse del brazo de un chico que pasaba –Robert Mapplethorpe– al que ella acaba llamando su “Salvador”. Luego la vemos, no hay vuelta que darle, autotendiéndose una nueva trampa, cazando una nueva imposibilidad como es la de construir pareja con un muchacho que se sabe gay. Ya amaba a Dios, ya era la novia de un espíritu del siglo XIX, ¿ahora, en serio, tenés que imponerte ‘curar’ la homosexualidad de Robert? Dice Patti en sus memorias: “En mi imaginación la homosexualidad era una maldición; la consideraba ligada de forma inevitable a la afectación y la extravagancia”. Dice: “Quería ser artista, pero que mi obra sirviera para algo”. Quería operar a un novio quejoso y perdido en el espejo; destruirlo y hacerlo de nuevo –cualquiera puede hacerlo. En Argentina usamos una palabra que es un apócope punk de ‘cirujano’: ‘ciruja’. Una ciruja cirujana.
Otra cosa que la distingue es su seriedad: no sé si en el rock hay mucha gente tan poco lúdica como ella. Una artista que no juega; ni en el sartreano que veíamos antes ni en ningún otro sentido. Posiblemente desde sus comienzos ya identificara en el glam y otras formas de rock con mucha elaboración visual esos dos ‘demonios’ a los que Patti les hace la cruz: afectación y extravagancia. Naturalmente, entonces, haría alianza para sus canciones con muchachos que no se producen –ni un toque de delineador– como Bruce Springsteen y Van Morrison. Inconcebible quizás una cercanía con Bowie. Igualmente no es un músico, ni el más pintado, quien encarna para ella al Demonio sino un referente de las artes visuales. La obra de Andy Warhol, dice en un trecho de Éramos unos niños, “era el reflejo de una cultura que yo quería evitar”. El anatema que es el juego se llena de sentidos con Warhol: no es sólo lo lúdico sino, sobre todo, el jugar como moverse con astucia en el arenero institucional del arte, con talento social para el shift que conviene a cada ocasión. El rostro de Marilyn, la lata de sopa: devuélvanme los sentimientos. Por lo demás, Patti es una Mafalda: “Yo odiaba la sopa, y no sentía nada por las latas de sopa”.
Patti smith
Desde el momento en que entré a la cabina de voz, tuve esto en mente: mi gratitud al rock and roll por haberme ayudado a pasar una adolescencia difícil; la alegría que experimentaba al bailar; la fuerza moral que adquirí al responsabilizarme por mis actos. Todo eso quedó plasmado en Horses.

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Consiguió trabajo en una librería. Alquiló una casa donde ella podía escribir y Robert pintar. Él repetía: “Patti, tus poemas son demasiado provocadores”. Él decía: dejá de escribir, vayamos al Max. Cierta noche en el Max, el club que Robert Mapplethorpe frecuentaba con la esperanza de cruzarse con Warhol, pasó un conocido, miró con desprecio el largo pelo lacio de Patti y le dijo: “Te parecés a Joan Baez”. Volvió a la casa, fue al baño y se lo cortó en mechones desparejos. Al otro día en el club le llovieron piropos y ofertas de trabajo. La noche de Nueva York la amó por lo que parecía y no era: lesbiana y drogadicta. Tampoco así le fue fácil, y no es que pasó a brillar por su desaliño ni mucho menos por su desprecio a las reglas del mundillo del arte estadounidense. Algo de esto también hay: la buena fe de Patti fue tan mala para la escena punk norteamericana (que acabó siendo poca y civilizada, erudita) como buena fue la mala fe de los Pistols para la escena inglesa (que fue mucha y bárbara).
¿Cuál es el “secreto”, la clave de ese Éramos unos niños, que quizás sea la mejor autobiografía de artista en lo que va del siglo XXI? Tengo mi idea: Patti construye (y vive) una vida que, siendo tan singular, igual se parece a las nuestras, las de todos. No porque sea una vida punteada por la adversidad –al fin y al cabo qué vida de artista no está llena de golpes– sino por el peso, por la pregnancia que tienen en ella las voces, los consejos, las guías y sanciones de los otros. Esto es tan fuerte que hace imposible que nos surja la imagen usual del Artista: ese ser egocéntrico, autodeterminado, plantado firme en sus pies. La de Patti es la historia del tiempo que insume asimilar, interpretar, corregir y encauzar la palabra de los demás hasta hacer lo que se me canta.
“Nunca vas a llegar a mucho como mesera”, “Tus poemas son demasiado provocadores”, “Te parecés demasiado a Joan Baez”. Lo que está claro es que la negatividad, la dimensión crítica que suponemos inherente al punk, acá está del otro lado de la charla: en las opiniones no pedidas, aun cuando vinieran de gente amada. Y ella, sin indiferencia ni desdén, pero sin bajar los brazos, conviviendo con eso, desarticulándolo de a poco. Quizás la suya sea la libertad genuina, la de quien calado, atravesado por los límites, lentamente moldea su respuesta superadora.

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Horses es un disco de pingos. “Harapos”, dice la RAE como sinónimo de pingos, y viene a cuento; “caballos”, decimos en Argentina que significa pingos y algo más: “verdades” (en la cancha se ven los pingos). Dulce, salvaje y declarador, Horses es un disco que pela, que planta sus verdades. Una obra propositiva elaborada de punta a punta de esa edad veinteañera tan especial en nuestras vidas: de los veinte en que llega a la metrópolis y comienza a escribir estos poemas, hasta los veintinueve en que los hace canciones y sale el disco. La consumación de una respuesta por alguien que ya sabe lo que quiere.
Casi todas con una breve intro de piano –idea de John Cale, como productor–, las piezas acuden a esas melodías de arranque quizás para impregnarse un poco más de un destino de canciones, aunque el primer tema, “Gloria”, enseguida deja en claro que estamos en el terreno de la hegemonía verbal: el “poder de la palabra”. El segundo, “Redondo Beach”, es el más canción del grupo –un reggae precioso, sobre un poema escrito a su hermana–, y para que nadie se confunda el tercero son nueve minutos de poesía cantada (“Birdland”). Después viene mi favorito del disco y de toda su discografía, “Free Money”, donde los versos y las estrofas llevan a la batería hacia lugares imprevistos, y más adelante otros temas –“Horses”, ¡de nueve minutos y medio!, entre ellos– que nunca sabremos por qué los raperos ocultan como influencia. Si uno hace el ‘viaje a la semilla’, es decir desde los discos y los hits que vinieron después –Radio Ethiopia con “Ask the Angels”, Easter con “Because the Night”– a este álbum debut, es como ir quitándose la ropa. Algunos amigos músicos coinciden en elogiar Radio Ethiopia a la cabeza, así que siempre tendré con ellos un tema para pelear. Igual aclaro: la guitarra y la bata en Horses también son pingos que plantan su verdad.
Y Hendrix, hablando de guitarras, es el otro Espíritu Santo que recorre el disco. Comparte con Rimbaud, dice la propia Patti al evocarlo, los rasgos de “belleza e inteligencia”, pero a Jimi le reconoce algo más: “el hambre”, eso que se le veía en los ojos y en las manos. Decíamos al comienzo: el álbum debut tenía que salir a la calle el día del nacimiento de Rimbaud (y acabó saliendo el día de su muerte). Lo otro que Patti le exigió a la discográfica fue grabar en Electric Lady. Ahí, en el estudio creado por Jimi Hendrix, Horses acabó de tomar forma hace cincuenta años.