Legião Urbana en el país del futuro

Entre la ciudad moderna de Brasilia y la promesa desarrollista de la dictadura surgió la banda de rock más convocante de Brasil, la que representó a una generación herida y asqueada.

 

El primero de abril de 1964 las Fuerzas Armadas brasileñas derrocaron al presidente João Goulart. Mientras las guarniciones militares se rebelaban una a una a lo largo del país, Goulart, último representante de la alianza varguista con los sindicatos, retrocedió a la nueva capital federal del país, la magnífica y flamante Brasilia, para encontrar desesperadamente aliados que contrarrestaran el golpe. Cuando todo resultó inútil, partió al exilio, primero hacia Montevideo y después a la Argentina, donde moriría en extrañas circunstancias en Mercedes, Corrientes, en diciembre de 1976. Con su derrocamiento, en Brasil comenzó una dictadura militar que se extendería hasta 1985 y que se caracterizaría, además de por la previsible represión política, por un modelo de desarrollo económico autoritario que se plasmó en slogans como “el milagro brasileño” o, en las propias palabras de la dictadura: “Brasil é o país do futuro”.

Del párrafo anterior conviene retener dos puntos: Brasilia y la autoproclamación de la dictadura brasileña como encarnación de un futuro modernizador. Ambos se conectan con el tema de esta nota. Primero, la nueva capital, ese proyecto gigantesco, edificado en medio de una meseta alejada de los grandes centros del poder económico y político, construido en menos de cinco años, con un plano en forma de avión bajo los principios utópicos del racionalismo arquitectónico que se proponía reinventar la manera en que las ciudades organizaban las vidas de sus habitantes. Los grandes bloques de viviendas, avenidas y palacios administrativos de Lúcio Costa y Oscar Niemeyer le daban a la ciudad un aspecto extraterrestre, una ciudad venida del futuro aterrizada sobre el desierto, totalmente desencajada de las viejas tradiciones brasileñas, algo irreconocible, el lugar de un nuevo comienzo para un nuevo país.

El otro punto, la dictadura. A diferencia de nuestras dictaduras argentinas, esa serie de gobiernos militares brasileños pudo consolidarse en el poder por dos décadas e incluso pactar su propio final cuando la vuelta de la democracia resultó inevitable. Un desarrollismo desigual, autoritario, megalómano, de autopistas enormes por todos lados. O Brasil é o país do futuro representaba para los militares la concreción de los sueños de grandeza imperiales, mientras que para el resto del país era un eufemismo de un desarrollo aparente que dejaba todo igual que siempre. Un Brazil más cercano a Terry Gilliam que al tropicalismo. Es entre esas dos coordenadas, la ciudad futurista y la dictadura desarrollista, que nace la mejor banda de rock del país: Legião Urbana.

 

Entre esa Brasilia extraterrestre y el régimen burocrático-autoritario lo que falta es Renato Russo. Un chico de clase alta enclaustrado entre los bloques racionalistas, que pasó parte de su adolescencia en Nueva York, con un padre economista del Banco do Brasil y para el cual el descubrimiento del punk rock de finales de los 70 fue una liberación. Un pibe acomplejado con su físico, con su lugar en el mundo, con su sexualidad, caldo de cultivo para la desesperación. Una de esas ovejas negras de la burguesía que encuentran refugio en la literatura de los malditos y en la música de un mundo que se estaba quebrando.

Renato Russo (su apellido verdadero era Manfredini y su autobautismo venía de una mixtura entre Bertrand Russell y Jean-Jacques Rousseau) empezó con una banda punk llamada, como debe ser bien espantable, Aborto Elétrico. Después, enseguida, vino una etapa en solitario como una especie de Dylan en modo canción de protesta por los sótanos de Brasilia en la última etapa de la dictadura. Y en un par de años apareció con otra formación, Legião Urbana, un trío, luego cuarteto, urgente, influenciado por el post punk de principios de los 80 y con letras directas sobre desesperación y desubicación existencial. Una banda de Brasilia, lejos, muy lejos de cualquier influencia de la llamada Música Popular Brasileña, en una ciudad alien surgida en medio de la nada con gente llegada de todos lados, con un paisaje tan alejado de cualquier referencia cultural. No había el menor rastro de samba, tropicalismo, bossa nova, nada de los grandes próceres de la música brasileña: eran canciones sin playa, sin mar, sin ningún estereotipo identificable, un The Smiths, un Blondie, un The Cure, un Joy Division en portugués. Nunca estuvimos más lejos de Copacabana y Salvador de Bahia. Las letras de Renato Russo hablaban de planetas desconocidos, de rupturas amorosas violentas, de la banda de Baader Meinhof, de la “generación Coca Cola”: “Desde pequenos nós comemos lixo / Comercial e industrial / Mas agora chegou nossa vez / Vamos cuspir de volta o lixo em cima de vocês”.

 

 

Desde ese primer disco, homónimo, los Legião empezaron a construir un público fiel y seguidor. Su música era una irrupción en el panorama de principios de los 80. ¿De dónde habían salido? No tenían que ver ni con la música complaciente de la dictadura ni con la música contestataria de las vacas sagradas de la MPB que venían resistiendo desde los 60. Era algo diferente. La dictadura se retiraba, pactando su impunidad, y asumían los viejos políticos que transaban su supervivencia. Renato cantaba: “Somos soldados / Pedindo esmola / A gente não queria lutar / A gente não queria lutar / A gente não queria lutar”.  En 1985, el año de ese primer álbum, Tancredo Neves era elegido presidente y moría antes de asumir. Lo reemplazaba José Sarney. Ambos formaban parte de la vieja fachada “democrática” del régimen dictatorial, y esa era la entrada política de Brasil en los 80: transición pactada con la dictadura, continuidad del viejo sistema. El recién creado Partido dos Trabalhadores y su líder, un sindicalista metalúrgico de las afueras de São Paulo, tendrían todavía casi veinte años por delante para llegar al gobierno. En todo caso, la Legião y las letras de Renato eran parte importante del nuevo clima cultural subterráneo que se abría en Brasil. Sus recitales se volvían legendarios y caóticos, sus discos se vendían por miles y escuchar a la banda se convertía en una contraseña generacional, aunque el mismo Russo desconfiara muchas veces de que sus letras fueran bien entendidas: durante un recital en un programa de tele dedicado a la juventud, era capaz de parar la interpretación de uno de sus mayores hits, “Pais e filhos”, para preguntarle al público: “entienden que esta canción habla del suicidio, ¿no?”

Los Legião enhebraron en esos años, hasta principios de los 90, una serie de discos con grandes hits y gemas ocultas, canciones luminosas y oscuras, intimistas y políticas, todas rabiosamente urbanas. Dois (1986), As Quatro Estações (1989), O Descubrimento do Brasil (1993), A Tempestade, ou O Livro dos Dias (1996): discos que seguían como un electrocardiograma el subibaja emocional, químico y personal de Renato Russo. En algún momento de finales de los 80 Legião se volvió algo inmanejable para su líder. La masividad de estadios, que usualmente devenía en batallas campales, se combinaba con su vía crucis de drogas y alcohol. Si se permite el argentocentrismo, se convirtió en un fenómeno parecido al de los Redondos, excluyendo las diferencias musicales. Una banda de convocatoria inmensa y devota dentro de las fronteras de un país. Tantos unos como los otros, de hecho, solo salieron como excepción de su territorio para tocar en el mismo lugar, Montevideo. Pequeña nota al pie sobre relaciones internacionales, algo que habla de manera elocuente de nuestro cómodo desconocimiento mutuo como países: que la Legião haya sido (y siga siendo) prácticamente desconocida en Argentina hasta que Attaque 77 grabara dos covers de la banda.

 

 

La historia de la Legião terminó en 1996, cuando Renato Russo murió en su casa de Rio de Janeiro por el sida. En sus últimos meses había grabado un disco solista maravilloso de canciones en italiano. El aliento de la muerte, por cierto, sobrevolaba desde hacía tiempo sus últimas composiciones, aunque nunca había hecho pública su enfermedad. Se terminaba una época, la del descubrimiento y la experimentación abierta con el fin de la dictadura y la nueva democracia. Se cerraba el momento de la banda de rock que mejor retrató el estado espiritual de una sociedad que emergía desconcertada y confundida en esa nueva época. Legião Urbana fue la banda de una generación herida y asqueada, que quería escapar y quedarse, que quería repudiar esa sociedad y cambiarla y que probablemente, seguramente sin dudas, no hizo ninguna de las dos cosas.

En “1965”, un tema del disco As Quatro Estações, Renato cantaba:  É o bem contra o mal / E você de que lado está? / Estou do lado do bem / E você de que lado está? / Estou do lado do bem / Com a luz e com os anjos. E inmediatamente después, con un fondo de guitarras bien punk, solo en el escenario, terminaba con el viejo slogan de la dictadura: O Brasil é o país do futuro / O Brasil é o país do futuro / O Brasil é o país do futuro.

 

 

(Seguí leyendo el especial sobre Brasil)

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