El tango mexicano y feminista de Margo Glantz

«Mi amor por el tango se prende a la lengua, al paladar, a un tacón agu­ja y, sobre todo, a los cabellos, cortados en el aire»

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Ensayista, novelista, traductora y periodista, Margo Glantz (Ciudad de México, 1930) tiene una obra extensa compuesta por más de 30 títulos y atravesada por temas como la memoria, la identidad, el judaísmo, el cuerpo y el lenguaje. Entre sus libros más destacados están Las genealogías (1981), Síndrome de naufragios (1984), Sor Juana Inés de la Cruz: Saberes y placeres (1995) y El rastro (2002), y a lo largo de su vida obtuvo diversos reconocimientos como la beca Guggenheim, en 1998, y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en 2010.

Pero además de todo esto, Glantz es amante del tango. Así se lo aseguraba en enero de 2020 a la revista mexicana Nexos, en una charla a raíz de su cumpleaños número 90. «Siento una relación estrecha con Argentina, tengo una hija mitad mexicana mitad argentina y mi fijación al tango es total. Noé Jitrik me cantaba siempre este tango: ‘Ya no sos mi Margarita, ahora te llamás Margo’. Cuando me dicen Margarita siento que es un regaño, nunca me gustó mi nombre».

Por eso en Bache decidimos rescatar un texto suyo dedicado a la música rioplatense por excelencia, y más específicamente a las cantantes de tango. «¿Por qué habrá tan pocas mujeres que can­tan tango?», se pregunta Glantz en este artículo que compartimos a continuación y fue publicado originalmente en el número 21 diciembre de 1990) de la revista argentina Babel, como parte de un Dossier dedicado al tango del que también participaron, entre otros y otras, Tamara Kamenszain, Fito Páez, Luis Chitarroni, Héctor Libertella y C. E. Feiling.

Acordeón Meloso (a la mexicana y feminista)

Por Margo Glantz*

(revista Babel, nro. 21, diciembre 1990)

 

I. Acaba de morir Mercedes Simone, una de las más grandes cantantes de tango. Y de inmediato uno recuerda y cae en la cuenta de que hay muy pocas mujeres dedicadas a este oficio melancólico, las enumera (según mi pobre catálogo mental): la inefable Libertad Lamarque, en México desde hace muchos años (exiliada por su propia voluntad, o mejor dicho por las magníficas oportunidades que nuestro cine le brindaba —ya ni llorar es bueno—) y a quien acabo de oírle cantar —con pasión y maestría— ‘Sombras nada más’, también entonada a la perfección por Pedro Infante, aunque con otro ritmo pues para mi sorpresa «Sombras…» es, de verdad, y antes que nada, un tango.

Recuerdo luego con inmensa nostalgia a la no hace mucho desaparecida Rosita Quiroga. Rosita Tango, y ¿cómo podría ser de otra forma cuando se anda cuesta abajo en la rodada? En la adolescencia uno leía Los tres mosqueteros y Veinte años después mientras Gardel modulaba, adecuada y gangosa­mente, sus veinte años no es nada, poco digeridos entonces porque uno se la pasaba entre la escuela (anodina) y las intensas lecturas de novelas de folletín, comiendo chocolates envueltos en oritos de estaño coloreado, cuyo centro aguardentoso albergaba una cereza como la placenta alberga al feto. Quedito en la penumbra, a media luz, leía y oía la hora del tango, en una radio art déco vendida hace muchos años por mis padres junto con el in­menso comedor negro y la bella re­cámara café que redondea mis más placenteras y orales reminiscencias. De pronto, un acorde y el acordeón dejaba oír la metálica voz de Rosita diciendo «negro, quiero adoroaaaa­arte así toda la vida»…; suspendía, con un vago presentimiento de tragedia futura, la lectura, dejando en vilo al capitán Grant, encaramado sobre un ombú de la pampa argen­tina y, estremecida, escuchaba, con el corazón derretido entre las manos. El chocolate dejaba en mi lengua el alcoholado resabio del aguardiente endulzado por la cereza. ¡Y pensar que tanta y tanta dulzura y tanto y tanto amor se acaba! (Homenaje  amelcochado a Eduardo Llzalde). Al acabar el tango y como recompen­sa, le regalaba el orito a mi hermana Susana: ella iba todas las mañanas al Paraíso a comprarme mis choco­lates, pagados con unas monedas misteriosas, obtenidas con probable alevosía de la bolsa derecha de un chaleco de mi padre, colgado en la cabecera de su cama.

También recuerdo a la inolvidable Ñata Gaucha, Azucena Maizani, cu­ya sonrisa estrictamente delineada por un bilé oscuro enmarcaba un cuellito de piqué blanco y el Faroli­to de Agustín Lara. Y, para terminar este recuento, pienso en Susana Ri­naldi, a quien escuchamos hace po­co en esta capital mexicana de la América Central. Y como en novela de folletín dejo en suspenso este capítulo y hago la pregunta: ¿por qué habrá tan pocas mujeres que can­tan tango?

 

Tita Merello, 1952 (Foto: Annemarie Heinrich)

 

II. Quizá mi amor por el tango se haya exacerbado a lo largo de es­tos últimos años. Primero, porque me he reblandecido: fui, soy, seré esa pasta de chocolate remojada en aguardiente, abrillantada por el rojo pleonástico de la cereza que, inelu­dible, se asocia a mi niñez y a cual­quier tango, sobre todo si la voz del (la) cantante preserva el tono metá­lico y la gangosidad primigenias.

Y segundo, porque el tango, ade­más de oírse, se baila y porque amo cada vez más a Buenos Aires. En Buenos Aires se camina y en mi ciu­dad, México, los pies han dejado de existir. Añoro los pies descalzos de las carmelitas descalzas que reformaron su orden quitándose simplemente los zapatos; añoro a los franciscanos se­ráficos que en la infancia de mi país lo recorrieron calzados con sandalias llenas de polvo y guijarros, escuda­dos en su ferocidad milenaria para empujar a los pobres de espíritu y precipitarlos de bruces y sin zapatos al Milenio, o sea a La boca del Infier­no, novela de Víctor Hugo o de Du­mas (ya no me acuerdo) cuyo nom­bre morboso y equívoco contexto sexual se fundían al orgasmo de chocolate —simple perversión oral—cuando tarareaba la letra de mis tangos preferidos.

Tercero, el tango me hace volver a esas épocas en que, mal peinada (el pelo me crecía a lo ancho y no a lo largo) y quinceañera, permanecía sentada en los tés danzantes, espe­rando al príncipe azul que nunca se presentaba cuando tocaban blues o boleros y que se cortaba abrupta­mente: desde la más tierna infancia, blandengue y todo, nunca me he sabido dejar llevar, es decir, cuando bailo, y, una vez que bailé con Seve­ro Sarduy en Venezuela, tuve que lle­varlo yo a él, cosa que por otra par­te no fue nada fácil —era un merengue y él iba en camino de la esfericidad y su cintura no tenía la pequeñez (ya ajada) de la mía. Pe­ro, en fin, basta de digresiones y vuelvo al té danzante, en esas épo­cas en que bailar un tango significa­ba lo imposible, por ejemplo que el cabello me creciera de manera re­gular, cayera sobre mis hombros, se deslizase hasta mis pies y, al tocarlos, les hiciera la gracia, el don, de per­mitirles llevar el ritmo y armar los firu­letes que en los antiguos burdeles bordaban las palcas en brazos de sus galanes. Nunca lograba esquivar los ¿choclos bicolores? de mi acom­pañante, aunque mis zapatos fueran grises, con un filito verde, delgadito, primoroso, y con tacones aguja: mis pies —al igual que mi cabello— in­capaces de trasmitir su voluptuosi­dad al resto de mi cuerpo, ni siquiera a los tobillos, decepcionaban a mi acompañante. Por eso amo el tan­go, mi amor por él se prende a la lengua, al paladar, a un tacón agu­ja y, sobre todo, a los cabellos, cortados en el aire.

 

Margo Glantz

 

III. Borges dice que el tango tiene motas en la raíz. Frase certera. Su ori­gen es turbio (sin racismos). Se dice que viene de las orillas, de los arra­bales. Borges contradice esa versión y la descarta por sentimental, simple Bildungsroman, o «novela de joven pobre». Acepta en cambio su pro­cedencia marginal; el tango, afir­ma, surge del lupanar. Las mujeres decentes no se atrevían ni a nom­brarlo y los varones lo bailaban entre hombres en las esquinas del barrio de Palermo en Buenos Aires (cerca de las calles que mitificó Borges). En los burdeles las mujeres de la vida (las minas, las grelas, las palcas) lo bailaban embarradas a los cuerpos de sus galanes de turno; hacían «fi­ruletes», figuras casi acrobáticas y obscenas. Además, el tango no se cantaba, se tocaba y se bailaba. Era una fiesta: «Antes era una orgiás­tica diablura, hoy es una manera de caminar».

1917 es una fecha clave en el desarrollo del tango. Una nueva ge­neración de compositores moldea su melancólica modalidad: un guitarrero, Pascual Contursi, le pone le­tra a «Mi noche triste», tango de Sa­muel Castriota, y, con ello, según leí en una historia del tango que decía el gran maestro Enrique Santos Discépolo, “lleva el tango de los pies a los labios». La primera letra de tango cambia, pues, su ritmo: de una danza orgiástica y por tanto alegre pasa a ser lo que es hoy, el lamento del cornudo, la nostalgia del pasado, el canto de infinita e insolucionable tristeza. Y eso a Borges ya no le gus­ta; para él, el verdadero sentido del tango, además de su índole sexual, es su voluntad pendenciera, poco advertida: «… el tango y las milon­gas expresan directamente algo de la convicción de que pelear puede ser una fiesta». Aferrado a sus ideas esenciales, el tango antiguo, el tan­go alegre, el tango del lupanar es para Borges —toute proportion gar­dée— lo que era para él la gauchesca: la alegría del combate, la fiesta del encuentro; en suma, una figura retórica, como el tango baila­do, una figura acrobática. Va más allá. y esto es lo importante, el tango preside los desafíos y las peleas: dos hombres se trenzan en una danza y ésta termina en «un oscuro duelo a cuchillo». Es más, confiesa Borges, «tal vez la misión del tango sea esa: dar a los argentinos la certidumbre de haber sido valientes, de haber cumplido ya con las exigencias del valor y del honor». El tango une para él dos representaciones dispares: la del baile y la del combate. Y en el origen de ese baile y de ese com­bate está una mujer, pero como siempre en la obra de Borges (con­súltese «La intrusa») de lo único que se prescinde es de la mujer, a pesar de que ese baile y ese combate se libran gracias a ella. Quizá por eso haya pocas mujeres que canten tangos. Su misión es inspirarlos.

 

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