Chau, Palo (1964-2021)

A casi dos meses de su muerte, una periodista, un escritor y un humorista y músico despiden a Palo Pandolfo, un artista clave de los últimos treinta años de la cultura popular argentina.

Fotos de Inés Ulanovsky

 

«Me gusta que todo el momento sea bailable, que haya groove.

Porque todo está en el cuerpo…»

(Palo Pandolfo)

 

El 22 de julio pasado murió Roberto Andrés Pandolfo, más conocido como Palo. Lo hizo en su ciudad, Buenos Aires, donde había nacido hacía 56 años, un 22 de noviembre, en el barrio de Flores. Cantante, compositor, guitarrista, poeta: casi veinte discos grabados entre 1987 y 2019, primero como integrante de Don Cornelio y la Zona (1984-1989), después junto a Los Visitantes (1989-1999) —en la que fue, quizás, su etapa de mayor reconocimiento público—, y, ya en el siglo XXI, como solista (2001-2008) y junto a su última banda, La Hermandad.

Pero todo lo interesante que se pueda decir sobre su figura no aparece en esta introducción ascética, sino que viene a continuación, en tres textos que, desde el sonido, la política y la deriva urbana, evocan la obra de un artista que atraviesa tres décadas de la música popular de nuestro país.

Sin más rodeos, esta es nuestra despedida para Palo.

La argentinidad de Palo, por Julián Elencwajg*

Foto gentileza Audiocine blog

Esa posta de Arturo Jauretche de que “nada grande se puede hacer con la tristeza” puede llegar a ser útil para estimular a la militancia cuando anda de capa caída, funciona como frase para banner viral de redes sociales y está muy bien como boutade, pero no se puede aplicar a la música argentina, que cuando es grandiosa suele ser triste y melancólica. Es el valor agregado. El PBI de la angustia y el pesimismo ominoso —explícito o latente— es el aporte del país al resto del mundo. Y Palo Pandolfo fue uno de los polos productivos de tristeza grandiosa que hubo en las últimas décadas.

Con el primer disco de Don Cornelio y la Zona convirtió al post punk en un sentimiento triste a veces bailable, extrañamente hitero —debe haber muy pocas canciones radiables que repitan “Si ya estás en la azotea, salta” y propongan la destrucción del cuerpo como liberación, pero por ahí andaba Andrés Calamaro produciendo y haciendo coros— y siempre poético.

Patria o muerte (1988), su reacción autoboicoteadora a la Lou Reed en Metal Machine Music ante el éxito del grupo en su debut, fue un paso más allá y todo se volvió aún más retorcido, siniestro y muchísimo menos vendible. Ahí está “Sangre amarilla” como ejemplo de antihit con su comienzo en falso y su descarga furiosa, desbordante y tanática de 47 segundos que dice “Quiso destruir a la humanidad, pero se perdió en la enfermedad” y “Cayendo hasta el fin. Todo es filoso, todo es morir”. No son versos demasiado luminosos y esperanzadores ni tienen mucho que ver con las letras de las canciones que se hacen masivas, pero la alegría no abundaba en la Argentina alfonsinista hiperinflacionaria y se impuso la lucha por una verdad no muy rentable antes de la implosión de la banda en un país explotado.

Sus palabras iban acompañadas de una voz cada vez más desatada, expandida y por momentos amenazante —Palo da un poco de miedito al gritar “Vas a tener miedo si dormís sola”—, que hacía juego con los significados. Y cuando las palabras no bastaban, aparecían los neologismos como “Bi Bap Um Dera”, uno de los primeros clásicos de Los Visitantes, “Pi Pa Pu”, e incluso aullidos mnemotécnicos porteños como “¡Me-Sa, Bul-Ma, Billi-Bus, Agu-An, Je-Ecu!”, que se sumaba a otras alusiones a la Buenos Aires menos turística como el Albergue Warnes y Plaza Flores, donde algunos se besan, otros se pegan bajo los árboles quietos y un taxista grita “Te voy a dejar la cara chata”.

Por supuesto que el Palo más luminoso era (y es) muy disfrutable y la alegría casi infantil de “Arte milenario” y “Sapo sapo” o la muy carnavalesca “Estaré” era contagiosa tanto en los discos como (y sobre todo en) los shows impulsados por la energía química, etílica y/o anímica, pero aún en esos casos, la angustia, la melancolía y hasta lo tenebroso se colaban en algún momento en forma de atardeceres grises, playas oscuras o noches en Villa Domínico o en el sentimiento tanguero de temas como “Tanta trampa”. Y estaba bien así porque así somos. O así éramos en el siglo pasado, cuando la posibilidad de combinar tristeza y grandeza era una forma de acceder a algo similar a la salud mental universal y no había triunfado el imperativo opresor de la autoayuda emprendedora new age de aceptarse, sanar, realizarse y ser feliz.

Aprovechemos para tomarnos un descanso en la maratón infinita rumbo a convertirnos en los cínicos más ocurrentes del nuevo milenio y celebremos la vida de uno que se atrevió a abandonar la seguridad del ingenio perecedero para dejarnos canciones geniales, grandiosamente tristes y tristemente grandiosas para siempre.

 

*Humorista y músico. Entre otras cosas, hace radio y televisión, escribe en revistas y participa activamente del universo twittero como @julianelen. Integra la banda Teoría de circuitos.

 


Palo y los años que vivimos en el limbo (1998-2002), por Mariana Moyano*

 

Hay un lapso de la historia argentina que está sub narrado. Fue un momento en el que no podíamos hacer mucho más que defender atrás y que Dios de 9 nos regalara alguna en el área. Es un limbo, un paréntesis difuso entre 1998 y el colapso de 2002.

Y nada es tan parecido a lo que pasaba en esta Argentina limbo que algunos discos y algunas obras de la cultura, del arte, de la televisión, del cine. Este 8 de enero pasado le conté a Martín Rodríguez: “hoy lo entrevisté a Palo en la radio y le conté el delirio ese que tengo de hablar del periodo 98-2002”. “Se re copó y lo sacó al toque”, le dije. “Hay algo ahí”.

Y entonces recordé lo que Palo me dijo sobre cómo vivió esos años.

(…)

Palo Pandolfo: En 1998 salió Desequilibrio. Ya el nombre lo dice todo. Es el último disco de estudio de Los Visitantes. Desequilibrio, viste, porque, como decía Tom Lupo: poesía-policía, poesía-policía… Porque botonea, la poesía botonea. Entonces Desequilibrio lo dice todo. Y en el 99 nació mi hija mayor, y yo tuve algo que me cambió la película. O sea, en el 97 murieron mi vieja y mi hermana y yo me di cuenta de que tenía que hacer algo en mi vida, que era dejar de vivir de prestado con mi ex suegra en un sucucho en Moreno, que estaba bárbaro, pero digamos… Entonces, como el 96 había sido bueno para Los Visitantes, hice un crédito hipotecario en pesos en el fin del 97, en el 98 me mudé, compré una quinta en Paso del Rey, un suburbio atroz, y para el 2000 había pensado un disco solista, porque era el año del Dragón Metálico. Yo soy dragón de madera, y ya tanto “Palo, Palo, Palo…” me estaba cansando. Estaba cansado de que me dijeran Palo. Ahora voy a hacer un disco solista, pensé, y voy a ser simplemente un chabón, ¿viste?, no voy a ser más el líder de Los Visitantes. Entonces planeé un disco solista para el 2000, con mi hija Daniela recién nacida, y cuando las compañías empezaban a cerrarse. No tuve contrato discográfico, lo hice con la última plata que me quedaba, banqué el disco yo y gracias a Álvaro Villagra y la gente de estudio del Abasto, que solidariamente me lo grabaron, lo edité de manera ultra indie, con un sello recontra under mal. Y A través de los sueños salió en 2001, en octubre, dos meses antes de la debacle económica.

Entonces esos años fueron muy cuesta arriba. Un crédito hipotecario, una nena recién nacida, un disco independiento. Pero bueno, en enero de 2002, en el final de la Argentina, o en el principio, ¿no?, porque a partir de ese año fue el principio, yo quise alquilar una casa en Villa Gesell para hacer la gira nacional “Sueños atlánticos”. ¡Una utopía total! Fue el limbo absoluto. Lo que pasa es que yo hice un convenio de difusión con Quique Prosen y Alejandro Colucci en Rock and Pop, y negocié difusión de “Te quiero llevar”, el primer corte de A través de los sueños, un disco que hice con con Gil Solá, Lupano, Alejandro Medina, Gonzalo Villagra, con Fito Páez de invitado, estaban los Súper Ratones, gente de la Bersuit, en fin…

¿Y vos te das cuenta de todas las cosas que pasaron en esos años terribles? Fijate todo lo que hay enterrado. Una pregunta que te hago y mirá todo lo que sale. Hay un montón, evidentemente hay un montón en esta historia…

Me gusta el concepto de que todo tiene que ver con todo. A mí me pasa lo que te pasa a vos, digamos, estamos unidos. Estamos todos atrapados en un arco energético.

Hay que bucear en esos años, eh, hay una zona ahí de discos en los que uno se queda pensando: “pero pará, ¿de dónde viene esto?” Y estaban pasando muchas cosas…

Me encanta. El orgullo mío es que en una encuesta muy cool que se hizo en internet hace unos cinco o seis años, Alfredo Rosso, al que adoro como crítico y como persona del mundo de nuestro movimiento de la música popular argentina, puso a A través de los sueños, este disco que fue un sacrificio total mío, entre los diez mejores de la historia del rock nacional. ¡O sea, Alfredo Rosso! Yo ahí encontré como, bueno, uno que entendió todo, y dije vamos para adelante, el túnel de la luz está allá, sigo para adelante.

Bueno, pero es que si Cerati era el arquitecto de la música, vos sos un poco el filósofo de la música…

Sí, está bueno, me interesa la profundidad, ¿viste?, la vibración profunda, el cómo. Igual me encanta el shock en el cuerpo, porque me gusta que todo el momento sea bailable, que haya groove. Porque todo está en el cuerpo.

Sí, queremos bailar. Y cuando salgamos de esto tenemos que bailar…

Sí, claro. Palo es el filósofo de la música, pero cómo me corrigió en la charla, ¿no? El filósofo, sí, pero poniendo el cuerpo. Lo que dice de Desequilibrio, el último disco de estudio de Los Visitantes, lo de la poesía, que es botona… Divino, Palo. Un tipo que en esa época, en ese limbo, en esos finales de los 90 y esos inicios de vaya uno a saber qué cosa, se nos entregaba por completo en los escenarios. Se nos daba en épocas en que nadie nos daba nada, y menos a nosotros. Nadie nos daba nada y nadie daba nada por nosotros. Y él estaba ahí, en el medio. Rompiéndose con y por nosotros. Palo era esa antena sonora de épocas, y tiene una versión que es posterior a este limbo, la versión de “Tazas de té chino”, en el disco Antojo (2004), en la que nos dice «vas a bailar». Nos lo dice con su música. «Vas a bailar. Un poco más, un poco menos que antes. Bailá. Ojo, no bailes. Bailá». Un termómetro sonoro que nos honró con su cercanía, que entendió que había momentos en los que sí o sí había que bailar. Y otros en los que había que pensar si había que bailar o no.

 

*Periodista y docente. Trabaja en radio, televisión y gráfica. En 2019 publicó Trolls S.A. La industria del odio en Internet (Planeta). Este texto fue extraído de su podcast Anaconda con memoria.


El hilo de la conversación, por Cristian De Nápoli*

Foto: Inés Ulanovsky (originalmente publicada en la revista Hecho en Buenos Aires)

No debe ser tan difícil (y quizás hasta sea hermosa) la vida en un mundo sin ídolos. Pero me produce un enorme sufrimiento encarar la falta de esos héroes locales, firmes referentes de siempre. Personas metidas, incardinadas en los recuerdos, en la memoria común, en la mitología que nos vamos armando con décadas de realidad. Héroes de tu zona, de tus calles, de tus plazas, que con sus gestos y su voz hilvanan todas las épocas cruzadas. Los referentes son más que los ídolos, porque dan un fulgor, un estallido de momentos extraordinarios vividos cerca de ellos, junto o gracias a ellos, y dan también una pequeña y constante trama de vivencias grupales, un “small talk” de la amistad que se extiende sin límites, infinita porque tiene a qué cosas volver, libre porque tiene a qué raíces aferrarse. Para mi mundo de amigos Palo Pandolfo, como también el Bocha Sokol, fue eso: un día único, enardecido, bestial, y un hilo de conversación chiquita que jamás se corta. Una plaza en Villa Luro, una escuela de bellas artes en Mataderos, un galpón en Floresta. Una casa en el pasaje Carolina Muzilli donde no fuimos nadie y fuimos dioses.

Sobre todas las cosas, Palo es alguien a quien agradecerle el ánimo que impulsó. Entiendo que en esto están de acuerdo todos los que siguieron su obra y buscaron sus recitales, durante un tiempo corto o largo. Escucharlo hablar, leer sus entrevistas, tenía ese otro componente “arltiano” de los dilemas conocidos: cantar y alquilar, crear y trabajar en una fiambrería. Palo en su lado verborrágico, hablando hasta por los codos de los asuntos más alejados del Fuego del arte y de la especulación y las instituciones del Arte. Un Palo impregnadísimo de lo mismo que todos: nuestra clase, nuestra materia. La fuerza estética sigue caminos aventurados y construye una fidelidad profunda, no una fidelidad a lo que ya sabemos de memoria sino a lo que es nuestro por deseo y necesidad, lo que nos ilumina. Palo en su lado verbonauta, en su lado músico, hundiéndose y alzándose en materias inapresables nos dio lo que necesitábamos: lo que nadie puede prometer. Y lo hizo desde acá, y ver a alguien hacer desde el gris no te deja indiferente. Sobre todas las cosas, Palo es una persona a quien siempre voy a agradecerle el ánimo que impulsó.

El 20 de julio hablábamos de él, alguien lo había cruzado en el Tío Fritz, ese restaurante  de Flores que otra música, Pat Pietrafesa, que vivió a una cuadra de ahí, llama “Tío Freak”. Hablábamos de él y de la escuela Cornelio y de la escuela Yrurtia y de otro referente crudo y fantástico como él, de acá y de todos lados: el dibujante Alberto Breccia. En los 90 me tocó dar consuelo a una amiga, discípula del Viejo Breccia, su muerte fue un mazazo. Esta vez fue mi amigo el Champion, el que nos trajo Patria o Muerte, el que salió de la Cornelio Saavedra con una experiencia industrial y un bajo; él me avisó, y hoy es un campeón destrozado. Flashes de treinta años, un montón de vida, pequeña y sublime. Pienso en los que tienen ídolos, y el ídolo los atiborra y aísla de toda otra sustancia y les llena el mundo hasta cuando los traiciona, como en esa serie sobre Osho, Wild Wild West. Uno en cambio tiene que seguir sin un héroe, ecualizando su falta –que anticipa la nuestra y de nuestros amigos– con la belleza que dejó.

 

*Escritor, librero y traductor de literatura en lengua portuguesa e inglesa. Publicó cinco libros de poesía y ensayos, crónicas y reseñas en distintos medios. 

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Cultura de relleno. Revista digital.

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