Ricardo Piglia: “No se puede ser escritor sin tener enemigos”

Ricardo Emilio Piglia Renzi nació el 24 de noviembre de 1941 en Adrogué, en el sur del conurbano bonaerense, y murió en Buenos Aires en enero de 2017. Autor de más de veinte obras entre novelas, libros de cuentos, ensayos, guiones y diarios, en diciembre de 1990 participó de una entrevista en la revista Babel (dirigida por los periodistas Jorge Dorio y Martín Caparrós) en la que habló, con bastante humor, sobre una gran cantidad de temas: literatura, política, adicciones, religión e Historia argentina.

A setenta y nueve años de su nacimiento, la rescatamos para la ocasión.

¿Qué fue lo primero que escribió?

Un relato de trescientas palabras que se llama “La honda”, lo escribí en el  ’61 y está publicado en La invasión (1967).

¿Recuerda cuáles fueron sus motivos?

Estaba leyendo In our time (1925) y había quedado totalmente enganchado con el tono medio esquizo de esos cuentos de Hemingway. Hacía minimalismo posalcohólico a la Carver pero sin darme cuenta. Uno empieza y ya está en una tradición (aunque esa tradición todavía no exista). El relato cuenta la historia de un obrero que delata a unos chicos, de modo que el tema viene de Arlt.

¿Quién fue su primer lector?

Tenía un amigo norteamericano que vivía en Mar del Plata y él fue el primero que leyó lo que yo escribía.

¿Cuáles fueron los primeros comentarios que recibió sobre esos textos?

Los primeros comentarios vienen siempre de los otros escritores que están empezando y con los que uno constituye una secta de conspiradores que se reúne y se muestra los textos mientras vela las armas antes la primera batalla contra el establishment. Lo mejor qua escribí en esos años fue “Las actas del juicio”, un cuento de 1964 sobre la muerte de Urquiza. En aquel entonces me veía mucho con Miguel Briante y me acuerdo de que la noche en que yo le Ieí ese relato, él me leyó “La vasca” y el comentario implícito era que nosotros éramos lo mejor que le había pasado a la narrativa argentina desde el debut de Eugenio Cambaceres.

¿Qué estaba leyendo en ese momento?

Literatura norteamericana. Durante años pensé que solo se podía narrar en inglés. La literatura norteamericana me parecía la literatura universal en un solo idioma. Combinaba el rigor formal con el melodrama: ésa es una tradición que viene de Poe y llega hasta Purdy. El Gatsby de Fitzgerald es un ejemplo. Una historia melodramática, deliberadamente vulgar, con una construcción técnica  muy sutil, casi perfecta. En el fondo el gran tema de la literatura norteamericana es siempre la lucha del artista con la experiencia. Eso sirve para entender a Bukowski, Hemingway, Henry Miller, pero también  a Walker Percy y William Gaddis.

¿Cómo accedió a sus primeras lecturas?

Hay un sistema de contagio y de predestinación en la historia de las primeras lecturas. Un texto lleva a otro como si uno rastreara las huellas de un caballo perdido. Una referencia de Hemingway me hizo leer a Isak Dinesen y una referencia de Isak Dinesen me hizo leer a Carson McCullers y una referencia de Carson McCullers me hizo leer a Osamu Dazai. Las primeras lecturas son un oráculo: ahí está cifrado el futuro de lo que se va a escribir, pero uno lee otra cosa. Lee los relatos, los tonos, el modo de empezar una historia. Call me Ishmael. Los mejores comienzos son siempre sencillos.

¿Qué autores tuvieron más importancia en su formación?

Las cosas se complican un poco, porque no siempre los que tienen mayor influencia son los más importantes. Por ejemplo, Pavese fue un escritor importantísimo para mí. Lo leía como si fuera un escritor norteamericano, que además escribía un Diario. Pavese usaba un tono norteamericano (el tono de James Cain como él mismo reconoce) para narrar historias que siempre he admirado (como “La casa en la colina” o “La campera de cuero”). El oficio de vivir fue un libro clave para mí: la conexión entre teoría y narrativa norteamericana (y el Diario como forma), ya está ahí. Encontré lo mismo en Bertolt Brecht, que también fue un gran de Diarios y un “norteamericano” (las novelas policiales, el jazz, el box, la ciudad, el cine. el estilo antisentimental) además de un vanguardista. En un sentido yo diría que Brecht ha sido el autor más importante en mi formación. (La prosa de Brecht sobre lodo y su escritura teórica). Tiene una conciencia de la forma que va más allá de la literatura.

¿Cuándo y dónde se encuentra con escritores?

Depende, en general en los bares, cuando ya no hay nada que hacer. Pero mis relaciones fundamentales con los escritores son telefónicas, estoy todo el tiempo postergando citas. Hay que usar el teléfono como una radio portátil para transmitir al exterior y recibir noticias. (Lo fundamental, por supuesto, es no moverse, estar quieto).

Las primeras lecturas son un oráculo: ahí está cifrado el futuro de lo que se va a escribir, pero uno lee otra cosa. Lee los relatos, los tonos, el modo de empezar una historia

¿Tiene amigos escritores? ¿Quiénes son?

En un sentido los escritores nos hacemos amigos para poder leernos. De modo que tengo muchos amigos escritores, con los que me he estado viendo, en distintas épocas, a lo largo de los años. Miguel Briante, David Viñas, Manuel Puig, Andrés Rivera, Noé Jitrik, Osvaldo Tcherkaski. Juan José Saer, Juan Carlos Martini, Alberto Laiseca, Luis Gusman. Algunos de ellos han sido mis amigos de toda la vida, con las intermitencias que son de estilo.

¿Tiene enemigos escritores? ¿Quiénes son?

Hay dos clases de enemigos: los imbéciles y los inteligentes. Curiosamente la mayor parte de mis enemigos son inteligentes. No puedo nombrarlos sin hacerles un elogio implícito, lo que es contradictorio con lo que intento definir.  Literariamente la categoría de enemigo es una posición de lectura. Se trata de borrar un texto inútil, sacarlo de ahí. (Las mejores escrituras son excluyentes). No se puede ser un escritor sin tener enemigos; Ios enemigos son como la tradición, si no aparece hay que inventarla. (Pobre el escritor que no tiene tradición, decía Eliot).

¿Cuáles son sus personajes de ficción favoritos?

Stephen Dedalus y sus mellizos norteamericanos y semiargentinos: Quentin Compson, Holden Caulfield, Jorge Malabia, Silvio Astier. El joven artista que considera, con razón, que la realidad es inútil y que está manipulada por la policía. También me gusta mucho Hipólita, la renga, la que lee novelas para aprender a ser una puta y que al final de Los lanzallamas, “con sus manecitas enguantadas”, se escapa con el Astrólogo.

¿Cuáles son los rasgos definitorios de su estilo?

La ambición de escribir contra todos los estilos. (Para escribir hay que saber lo que no se quiere hacer, en mi caso no quiero el estilo canchero y “elegante” que define la media de la ex literatura argentina desde que se murió Roberto Arlt; ni el tono semiparódico y “popular” de los discípulos involuntarios de Bustos Domecq; ni las jergas de clase media de los ghettos parapsicólogos. Podríamos seguir toda la tarde definiendo lo que no quiero hacer y ése sería mi estilo).

¿Cuál de sus libros prefiere?

Un libro que preparo como una obra maestra póstuma y que vengo escribiendo desde los dieciséis años bajo la forma de un Diario. (No hay nada más idiota que escribir un diario para publicarlo después de muerto. En esa estupidez se define la forma del libro). Hay un asunto femenino en las escrituras secretas, una especie de obligación de escribir a escondidas que es totalmente política. En ese sentido pienso ese libro como la continuación del Museo de la Novela de la Eterna, de Macedonio. Lo que viene después de los prólogos es el diario de un muerto.

 

¿Cuáles son las etapas de su trabajo hasta llegar al texto definitivo?

En general empiezo con una anécdota muy definida que se va transformando. La clave siempre es encontrar el  es fraseo justo. Puedo pasar pasarme varios días dando vueltas hasta encontrar el tono, ahí reside toda la inspiración. Cuando no está, se pueden redactar páginas muertas durante horas una novela en un mes. Cuando se encuentra el ritmo, esa música es la que construye la historia y define la anécdota; recién en ese momento se está escribiendo un relato. Se puede programar la trama, los personajes, las situaciones, conocer el desenlace y el comienzo, pero el tono en que se va a contar una historia es un trabajo de la inspiración. En eso consiste el talento de un narrador. Obviamente por eso es difícil escribir, de lo contrario bastaría sentarse frente a la máquina y redactar cinco páginas todos los días. Esa es toda la diferencia entre los buenos escritores y la tropa que los sigue. El tono del teléfono, digamos. Algunos lo tienen desconectado toda la vida, otros parece que trabajan en Entel, como Laiseca por ejemplo, que estuvo varios años en teléfonos del estado.

¿Qué libro le gustaría haber escrito?

Por supuesto me gustaría haber escritor el Diario de Kafka.

¿En qué país hubiera elegido vivir?

En la Argentina. No se elige un país como se elige un hotel del que uno se va porque no hay agua caliente. Estos años últimos los pasé afuera y me gusta la idea de vivir en Nueva York y puede ser que el clan de facinerosos que manejan el estado nacional desde la época de Mitre logre por fin quebrar toda resistencia popular y se haga imposible imaginar un cambio y haya que irse, pero por supuesto voy a pensar que me voy porque me expulsan y no porque me interesa conocer nuevos horizontes.

¿En qué época hubiera elegido vivir?

Me hubiera gustado conocer a Roberto Arlt. Esto significa que tendría que haber vivido en el año inmediatamente anterior al año en que nací. Por lo tanto, si quiero seguir y no morir en 1942, tengo que entrar otra vez en la época actual. En resumen, me gustaría vivir en la época en la que he vivido pero luego de haber vuelto atrás para empezar de nuevo. Me puedo imaginar la conciencia que tengo al enfrentar otra vez los acontecimientos de mi vida. Algo tendría que cambiar ya que he conocido a Roberto Arlt y ese hecho nuevo altera toda la cadena causal. Por ejemplo, no sería escritor. (También me hubiera gustado vivir en 1936, en Barcelona, durante el verano en que los anarquistas gobernaron la ciudad).

 

Una de mis primeras (y más permanentes) ideas políticas es que en este país las clases dominantes están constituidas por payasos y asesinos que vienen matando gauchos desde la época de Cornelio Saavedra

¿A quién resucitaría?

A Lucía Jáuregui, que murió en octubre de 1970, a los veinte años. Bajó una madrugada a comprar cigarrillos y un desconocido salió de un zaguán en Defensa y Humberto Primo y la mató a cuchilladas porque no quería que a esa hora las mujeres anduvieran sueltas por la calle.

¿Cuál es el hecho militar que más admira?

La deserción en masa de la caballería entrerriana en los bajos de Toledo. Eran los mejores soldados del mundo y los más valientes pero se negaron a ir a pelear contra los paraguayos en la guerra de la Triple Alianza. Los habían convocado en un llano, como siempre se había hecho, pero cuando Urquiza se presentó y les dijo lo que iban a hacer, sencillamente se desbandaron, sin atender las órdenes. Ese día se terminó el poder de Urquiza.

¿Cuál es su personaje favorito en la historia argentina?

Supongo que Alberdi, que vivió treinta años en el exilio y terminó loco. Algunos dicen que era un agente de Solano López, que le pagaba un sueldo, por lo visto vivía de eso. Nadie escribía como él,  tenía un estilo seco y polémico que es único en el siglo XIX. Sus mejores textos son los inéditos. Escribía contra todos pero solo para sí mismo. En eso es como Kafka: el hombre de la ley que escribe en secreto contra el estado, contra los burócratas, contra la camarilla de verdugos que manejan el poder. Al final de su vida solo escribía alegorías y panfletos.

¿Tiene o tuvo alguna militancia política?

Nunca fui un militante político, pero siempre he sido marxista y en los años en que eso existía, antes de la matanza y de la conversión de los santos, estuve cerca de los grupos de izquierda maoísta. Una de mis primeras (y más permanentes) ideas políticas es que en este país las clases dominantes están constituidas por payasos y asesinos que vienen matando gauchos desde la época de Cornelio Saavedra. Actúan con la delicadeza y la elegancia de los secuestradores de Miss Blandish (para usar un símil literario).

¿Cuál es su olor favorito?

El olor del café.

¿Tiene algún vicio o adicción?

Empecé a fumar a los treinta años, cuando dejé de nadar; ésa podría ser una síntesis de mi relación a la vez lerda y sustitutiva con los vicios y las adicciones. Una cosa por otra: ésa es la estructura (de la sociedad capitalista). La auténtica manera de tener una adicción es tener una vida secreta. El modelo máximo del adicto es el Dr. Jekyll (y no el pobre Thomas De Quincey, que usaba el opio para escribir).

¿Qué siente al cantar el himno nacional?

Ganas de haber nacido en el siglo XIX.

¿Cómo definiría la argentinidad?

Como una tradición literaria.

¿Qué película vio varias veces?

En 1960, cuando vi por primera vez Sin aliento de Godard, salí del cine Opera de Mar del Plata, saqué de nuevo la entrada y me senté en el mismo lugar para verla de nuevo.

No hay nada más idiota que escribir un diario para publicarlo después de muerto. En esa estupidez se define la forma del libro. Lo que viene después de los prólogos es el diario de un muerto.

¿Qué día de su vida recuerda más especialmente?

Una noche que gané muchísima plata en el Casino. El día en que conocí a Lucía Jáuregui. Una vez que venía en ómnibus desde Mar del Plata y una pasajera se suicidó en el baño de una de esas paradas perdidas en medio de la ruta que había antes. Me acuerdo de un día muy frío, en el bar de Callao y Córdoba que hace cruz con una librería donde yo había comprado Bakakal de Gombrowicz, qua acababa de salir. Estoy ahí, sentado a la mesa de la esquina contra la ventana, a punto de empezar a leer el libro. No siempre los días que uno recuerda especialmente son los días que ha vivido.

¿Qué le produce más vergüenza?

Estar enfermo.

¿Cómo le gustaría morir?

En la batalla de Maipú

¿Cree en Dios? ¿En cuál?

Por supuesto Dios no es otra cosa que la necesidad de la trascendencia. La historia sin redención, decía Benjamin, no es más que un conjunto de ruinas y de catástrofes. La utopía es la patria de la pasión.

¿Cuál es su divisa?

Una cita de Mao Tse-tung: “De derrota en derrota hasta la victoria final”.

¿Para qué sirve un escritor?

Para decir bien.

 

 

*Esta entrevista fue reproducida parcialmente. Para leerla completa: https://ahira.com.ar/ejemplares/babel-revista-de-libros-no-21/

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Cultura de relleno. Revista digital.

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