Promising Young Woman y una pedagogía de la venganza

(AVISO: contiene spoilers)

 

Virginie Despentes escribe en Teoría King Kong (2006) que la violación es algo que te agarra, algo de lo que no es posible librarse y te contamina —y que deviene en mecanismos de silencios y negación—. Un evento obsesivo, inagotable, del que no es posible vaciarse. Una herida de guerra que poco ha pasado al dominio de lo simbólico. Con una premisa similar se cimienta Promising Young Woman (2020), la segunda película de Emerald Fennell, que comienza con Cassie (Carey Mulligan) en su intento por lidiar con el trauma que carga tras la violación de su amiga Nina, que se suicidó luego del hecho. Despojada de amistades y vínculos de cualquier tipo, Cassie encuentra su propósito en procurar que eventos como el que su amiga sufrió no vuelvan a suceder: por las noches, secretamente, frecuenta fiestas y  boliches en los que monta una performance de borrachera e indefensión, buscando ser auxiliada por el primer hombre que se le acerque para luego, en una especie de venganza, aleccionarlo por su comportamiento indebido.

En Promising…, el fenómeno de la violación y el acoso es comprendido e identificado como algo alejado de lo extraordinario o periférico y más cercano a las estructuras sociales, como un rito que se repite una y otra vez: sin fallar, en cada oportunidad en la que los hombres intentan salvarla de los peligros que la noche le depara, e impulsados por la impunidad que les profiere un espacio privado, ellos intentan tener sexo con ella a pesar de sus reiteradas negativas. Ante los forcejeos, Cassie da por concluida la performance y se muestra como el ángel noble y aleccionador que en realidad es, e interpela al sujeto aterrado frente a ella. «¿Qué estás haciendo? Te dije que no quería», vocifera, con una sombría seriedad. Así comienza una y otra vez la clase que imparte ante estos predadores sobre lo peligroso e incorrecto de lo que intentan hacer. Cassie se hace de herramientas “pedagógicas” para infundir terror entre quienes tienen la mala suerte de cruzarse con ella, y Emerald Fennell construye un dispositivo que le permite a su personaje concretar cada noche estos esquemas performáticos, al procurarle un marco de garantías (no hay represalias por parte de esos hombres).

 

 

Eventualmente, la heroína se enamora y su lado sensible y humano florecen rápidamente junto a sus emociones más románticas y sus expectativas en la humanidad, por lo que intenta abandonar sus planes de vendetta. Pero eso que se había quedado detenido frente al trauma se retoma ante el encuentro con su nuevo novio, con el que entabla una serie de montajes símil Sandler y Barrymore en Como si fuera la primera vez (2004) y quien, a la vez, trae consigo el pasado que a ambos los envuelve (el de la violación de su amiga, de la que, luego nos enteramos, él también fue testigo). La protagonista retoma su tarea inicial, fijando blancos concretos: visita, una por una, a aquellas personas que de una manera u otra se ocuparon de barrer bajo la alfombra el crimen de Nina. Los planes elaborados y complejos de Cassie son a prueba de errores, y triunfa aleccionando a casi todos los enemigos de su pasado. El dispositivo ficcional de la película la mantiene impune, mientras cruza una y otra vez los límites de la moralidad: Cassie existe como producto de y dentro de una ficción que, con varias fisuras, la contiene y avala en su trayecto guiado por el malditismo y los anhelos de venganza.

Pero llega el momento de tachar el último ítem en su lista de tareas pendientes: la confrontación con el violador de Nina, a la que Cassie no sobrevive. El femicidio se consuma en un plano secuencia, mientras sus brazos se agitan buscando la ayuda de un cómplice invisible y mientras su cuerpo se queda inmóvil y es consumido luego por el fuego de una hoguera. Es el instante en el que ese dispositivo ficcional que abrazaba a Cassie termina por quebrarse, el momento en donde los métodos y las reglas del mundo real que el filme se preocupa inicialmente por denunciar penetran, provocando el derrumbe de ese mundo de fantasía. Ese último intento de injuria por parte de la heroína de Fennell parece simbolizar una transgresión mayor, cargada de una violencia ya no “pedagógica” o pacífica sino física, y es lo que abre una justificación en el guion de Fennell para que Cassie sea exterminada según la moral patriarcal: una “provocación femenina” es en definitiva aquello que detona la violencia de un hombre.

 

 

Esta última transgresión de Cassie —porque hasta el momento ninguna de sus injurias había ameritado un correctivo— es lo que parece avalar su femicidio, tal como ocurre en nuestras vidas con la ropa, los lugares que frecuentamos, los horarios de salidas, etc. Pero hacia el final también nos enteramos (porque la película no cesa en su continuo plot-twist) que el ser víctima de un femicidio era parte fundamental del plan que Cassie había elaborado, y que su vendetta aleccionadora todavía no estaba concluida —aún luego de su muerte—. El final de Promising Young Woman —que, según la directora, fue pedido por el estudio que la financia— es uno que se lleva a dos muertas, un acusado y ningún triunfo. A propósito de la película, una crítica en Butaca Ancha titulada “Promising Young Woman y el derecho a estar encabronada” alega que la película «reivindica el derecho que tenemos a estar encabronadísimas y a derrumbarlo todo»… Pero, ¿a costa de caminar descalzas hacia nuestro propio femicidio? ¿Las únicas opciones son callar o morir «encabronadas»?

En una entrevista con Clarín, la escritora Ariana Harwicz dispara contra la corrección política y la mal llamada “cultura de la cancelación” y contra cómo, debido a estas presiones, el arte se aboca a la purga de maldades, excesos y amoralidades. Ficciones como Promising Young Woman irrumpen en la escena con la promesa de romper con el estado de las cosas, pero resultan en meras moralinas aleccionadoras. En la misma nota, Harwicz también dice que «el arte existe para tener la libertad que no se tiene en la vida civil, para que no existan leyes ni moralidad.» El mundillo de posibles —de potenciales pequeñas justicias para una mujer—, que se gesta en base a colores pastel durante los primeros minutos de Promising Young Woman, se pudre para dejar entrever lo que parece ser nuestro único destino: la muerte, en la vida real, y en la de la representación. Porque, en definitiva, es su autora la que prioriza la moral de este mundo por sobre la del que ella escribió. ¿Por qué dejar penetrar lo real, el afuera en una ficción que, aunque se vea atravesada como el resto del arte por los discursos de nuestro mundo, no pretendía regirse por las mismas normas morales? ¿Qué aportes hace realmente esta historia al privilegiar una aparente venganza por sobre la vida de su vengadora? ¿Qué posibles quedan para las mujeres en los universos ficcionales? El arte no debe atenerse a la realidad, pero tampoco debería guiarse por las reglas que la sostienen. La única certeza es que, ante las películas del tinte de Promising Young Woman que se estrenan año tras año, se presenta la responsabilidad de afinar los métodos que nos damos al producir, consumir leer y analizar los contenidos que se nos sirven en bandeja de plata y que, recubiertos por capas y capas de glitter de colores, pretenden esconder un arte infame y canalla.//

 

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Cinéfila, estudiante de fotoperiodismo.

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