Josep Bartolí y el arte contra el fascismo

Poco se habla en Francia y en el mundo de los campos de concentración construidos a finales de los años treinta del siglo pasado para encerrar en condiciones infrahumanas a los refugiados españoles que huían de la represión franquista. Un éxodo que tuvo su momento álgido a partir de febrero de 1939, cuando, tras la caída de Barcelona a manos de Franco, medio millón de personas emprendió la huida hacia Francia, lo que se conoce popularmente como “la Retirada”. Los republicanos cruzaron los Pirineos en pleno invierno y en las circunstancias más adversas, y al otro lado de la frontera los luchadores antifascistas no se encontraron con un Estado que hiciera honor a la libertad, la igualdad y la fraternidad. Por el contrario: la mayoría acabaron hacinados como prisioneros en campos improvisados, muchos de ellos en las playas de la costa del Rosellón.

“¡Más españoles de mierda!”. “Anda, suenan las campanas, ¿quién ha muerto? Nadie, un español”. Así fueron recibidos quienes enfrentaron al fascismo. Llegaron en busca de refugio, pero se encontraron con el rechazo del gobierno conservador de Albert Lebrun, que luego de la invasión nazi se agudizaría bajo el régimen colaboracionista de Vichy instaurado por el mariscal Philippe Pétain. Expuestos al tifus, la desnutrición y la muerte, miles de españoles fueron encerrados en Argelès-sur-Mer, Lamanère, Le Barcarès y Bram. Entre los exiliados estaba el poeta Antonio Machado, que logró atravesar la frontera pero que, ya enfermo, murió en un vagón de tren en el pueblo francés de Cerbère.

 

 

Este horror se mantuvo soslayado durante décadas, a pesar del papel destacado que le cupo a muchos de estos militantes en la resistencia francesa. Se dice que el primer tanque que ingresó a la París liberada llevaba una bandera catalana. De esta historia dan cuenta, entre otros, los escritores Xavier Berenguel en su libro Los vencidos (1972) y Almudena Grandes en El corazón helado (2007) e Inés y la alegría (2010). La discriminación histórica de la Europa rica ante los ibéricos —españoles y portugueses— también fue magníficamente relatada por José Saramago en su irónica novela La balsa de piedra (1986).

El tema es de enorme vigencia: la desventura y el sufrimiento de los refugiados está más presente que nunca, y vuelve a poner a Europa delante de su historia y su responsabilidad frente a los parias del hambre y la guerra, que son maltratados y humillados en su periplo por encontrar una vida digna. Basta recordar el horror de la llamada Jungla de Calais en el norte de Francia —el mayor campo de refugiados de Europa—, donde se hacinaban siete mil migrantes hasta que fue desmantelado en octubre de 2016. La xenofobia y el odio no logran ser condenados: recientemente el presidente francés Emmanuel Macron declaró que “No habrá ni arrepentimiento ni pedido de disculpas» por la ocupación de Argelia ni por la sangrienta guerra de ocho años que puso fin a ciento treinta y dos años de dominio colonial. Tampoco hizo ninguna referencia a los crímenes cometidos en Indochina.

Josep, el artista y el militante

Entre los españoles que atravesaron los Pirineos orientales estaba Josep Bartolí, dibujante y escritor catalán que fue fundador del Sindicato de Dibujantes y que, durante la Guerra Civil, ejerció como comisario político del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), donde fue varias veces herido. En febrero de 1939, casi sobre el final de la Guerra Civil Española, atravesó la frontera con Francia, y a lo largo de dos años pasaría por siete campos de concentración, el último de ellos el de Bram, de donde se evadió. Detenido por la Gestapo, fue enviado al campo de Dachau, pero en el camino huyó saltando del tren y, tras un largo periplo, vagó por Francia hasta que en 1942 logró subir a un barco en Marsella hacia el norte de África. Desde Casablanca, embarcó en otro navío en dirección a Veracruz, y fue en México donde retomó su actividad creativa. Allí conoció a Frida Kahlo, con quien vivió un romance, y tuvo un paso por Estados Unidos, donde formó parte del grupo 10th Street junto a Willem de Kooning, Franz Kline, Jackson Pollock y Mark Rothko, creadores del Expresionismo Abstracto.

Durante su dramático recorrido por los sitios de reclusión, Bartolí decidió dibujar todo lo que veía. Se hizo con una libreta en el campo de Bram y empezó a trazar líneas. Las alambradas de los campos de concentración —en Argelès, que los propios refugiados tuvieron que construir—, los contornos de los gendarmes, gordos y feos, la delgadez suprema de los prisioneros, que apenas tenían hogazas de pan que les tiraban desde camiones. Eran dibujos que parecían una mezcla de caricatura, fotografía y arte. Al verlos uno puede sentir la enorme rabia e indignación que lo animaron a realizarlos.

 

El rescate

Pero ha sido otro dibujante, el francés Aurel, ilustrador de Le Monde, quien se ha encargado de recuperar la obra y la memoria de Bartolí, en una película de animación que fue uno de los títulos seleccionados para la edición que no fue del Festival de Cannes 2020. En Josep, una coproducción franco-española en la que participa el gran actor Sergi López —que le pone voz a Josep en español, francés y catalán—, Aurel se aproxima a Bartolí a partir del punto de vista de un personaje de ficción, un gendarme que, a pesar de las directrices institucionales respecto de los prisioneros republicanos, entabla amistad con el refugiado catalán.

Josep es un fresco intenso, doloroso y atroz. Aurel prefiere sintetizar en las figuras opuestas de dos gendarmes la violencia del estado francés para con los republicanos y la voluntad de buena parte de ese mismo pueblo para ayudar, acoger y convertir en referencia de la lucha antifascista a los exiliados.

Lejos de las prácticas habituales en la animación industrial, el director opta por trabajar con técnicas de dibujo tradicional, en consonancia con la obra del propio protagonista, cuyos dibujos van apareciendo a lo largo del metraje. La película se beneficia de la austeridad de recursos. La recreación de la vida en los campos no se lleva a cabo a partir de ese realismo mimético que pretende reproducir hasta el mínimo detalle de la historia invocada sino desde trazos sobrios y una paleta cromática mínima. A través de una gama de negros y colores fangosos propios de un paisaje de alambradas, arena y viento, se plasma, sin recrearse en ella, la miseria.de aquellos espacios paupérrimos en que los republicanos languidecían de frío, hambre y miedo. En el encierro en el que pasamos gran parte de la película, los trazos y el dibujo llegan a ser oníricos y nos hablan de fantasmas de un pasado ya vivido.

 

 

El color llega a la película con el tiempo de las cerezas y, sobre todo, con la posterior huida a México, cuando Bartolí recala en la casa azul de Frida Kahlo y vive un nuevo despertar. El breve epílogo estadounidense da fe de la evolución artística y cromática del dibujante catalán al mismo tiempo que deja constancia de la necesidad de perpetuar su memoria y la de aquellos que no sobrevivieron a los campos de concentración franceses.

Como se dijo, la animación de Josep está lejos de parecerse al cine animado que producen los grandes estudios de Hollywood, que desborda en técnicas computarizadas. Aurel apuesta por una estética rústica que destaca los trazos gruesos del lápiz y el crayón, poniendo en evidencia el vínculo estrecho que la película mantiene con la rama más artística de la historieta. La decisión resulta un acierto, no solo por la audacia de aventurarse en un territorio poco transitado por los animadores en el cine, resignando realismo pero ganando en elocuencia, sino porque además parece la apropiada para narrar: Josep avanza y retrocede sobre una línea de tiempo que no solo da cuenta de la vida de Bartolí, sino que recorre la cronología de acontecimientos históricos que le sirvieron de marco. Los dibujos presentados en el film  durante los diferentes momentos de su vida logran que la  animación acompañe a Josep a lo largo de todo su viaje y recorrido por el mundo.

La banda sonora es otro acierto notable. La música adaptada e interpretada por Silvia Pérez Cruz, que cantan y bailan los refugiados, recrea ese modo de resistir la  deshumanización,  encontrando, a pesar de todo, las maneras de calentar sus almas y sus cuerpos. La música para recordar la tierra que fueron obligados a dejar, que se despliega en contrapunto con el sórdido clima reinante, es también la esperanza de un regreso sin tiempo. Sobre el final Pérez Cruz entona “Todas las madres del mundo”, un tema basado en el conmovedor poema  “Guerra” de Miguel Hernández.

El legado

Bartolí, que se negó a regresar a España mientras estuviera Franco, era prácticamente desconocido en su país hasta que en 1984 el Ayuntamiento de Tarrasa, Provincia de Barcelona, le consagró una retrospectiva.

Ya en Campos de concentración, publicado en México 1943 y reeditado en Madrid en 2007, el periodista catalán Narcís Molins i Fàbrega había recogido la extensa serie documental de dibujos a plumilla que retrataba la vida de Bartolí en los campos de concentración. Los originales, junto a sus otras obras, ingresaron finalmente en el Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona (AHCB) el 13 de noviembre de 1989, por un convenio por el cual el artista donó a la ciudad un acervo de 116 dibujos.

 

 

“Josep es finalmente un hermano, un tío, un camarada”, expresó en 2015 la vicepresidenta de la región Occitania/Pirineos Mediterráneo, Agnès Langevine, durante la inauguración del  Memorial del Campo de Ribesaltes, diez kilómetros al norte de Perpiñán. “Aquí, en el País Catalán, todos tenemos una historia, un vínculo, con este episodio trágico”.

La escritora Anna Murià , por su parte, escribió en el prólogo del libro Conversación con Bartolí (Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1990): “Quien contempla la obra de Bartolí recibe muchas sugerencias, hace muchas suposiciones. A mí, todas me conducen a ver en él al prototípico hombre del Siglo Veinte. Quizás porque yo soy una mujer del Siglo Veinte. Yo sé qué quiere decir ser del Siglo Veinte. Quiere decir estar hecho de todo lo que he insinuado en las páginas precedentes, quiere decir llevar en el espíritu y los nervios, en la historia personal, todo lo que contiene de amor y odio, de bien y de mal, la obra de Bartolí”.

Bartolí murió en diciembre de 1995 en Nueva York. Para entonces, llevaba casi toda su vida en el exilio.

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